Curia Predicati

Primera audiencia: El Ser contra Don Quijote de la Mancha

Miguel Hilario Olvera Aguilar

Diálogos Eleatas, Núm. 1, Septiembre de 2026, Página 53 - 89

Fecha de publicación: 1 de septiembre de 2026

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Sumario

La primera audiencia de Curia Predicati somete a contradicción la pretensión de jurisdicción ontológica sobre Don Quijote de la Mancha. A partir del expediente literario y de una lectura eleática de la predicación, examina si la determinación de un ser narrativo puede ser impugnada desde fuera de la escala en la que comparece, distinguiendo entre descripción, atribución y sentencia identitaria.

Palabras clave

Curia Predicati · Don Quijote · identidad · predicación · ser

En nombre de la competencia que esta Curia ejerce sobre toda predicación sometida a controversia, queda abierta la Primera Audiencia de la Curia Predicati.

Comparece ante este tribunal Don Quijote de la Mancha, también referido en autos como Alonso Quijano, Alonso Quijana, Alonso Quesada, Alonso Quijada y cualesquiera otras denominaciones cuya identidad, pertinencia o valor probatorio deberán ser determinados durante el curso de la audiencia.

La Fiscalía sostiene que el acusado ha sido objeto de predicaciones incompatibles respecto de su ser y solicita a esta Curia pronunciamiento sobre la legitimidad de aquellas mediante las cuales se afirma, indistintamente, que Don Quijote:

  • es;
  • no es;
  • fue;
  • es ficticio;
  • es Alonso Quijano;
  • no es Alonso Quijano;
  • es caballero;
  • no es caballero;
  • y existe únicamente bajo determinaciones cuya suficiencia ontológica será materia de controversia.

La Curia advierte desde este momento que la admisión procesal de cualquiera de estas fórmulas no implica reconocimiento de su verdad, necesidad, suficiencia ni correcta formación predicativa.

Preside la audiencia David Hume, en calidad de juez.

Comparece por la Fiscalía Parménides de Elea.

Integra el jurado Hannah Arendt.

La defensa será ejercida por una persona cuya identidad no consta en los registros de esta Curia y que ha solicitado ser reconocida, para todos los efectos procesales pertinentes, únicamente como:

EL SOFISTA DESCONOCIDO.

La Curia ha admitido provisionalmente dicha denominación sin pronunciarse sobre la relación existente entre nombre, identidad, referencia y sujeto designado.

Toda inferencia presentada durante la audiencia deberá declarar el puente que autoriza su conclusión.

Toda atribución deberá indicar aquello de lo que se predica.

Toda negación deberá responder por aquello que pretende negar.

Y ninguna de las partes podrá introducir el no-ser en el ser mediante simple artificio verbal y después exigir al tribunal que lo trate como precedente.

Que conste en actas.

Se abre la audiencia.


Incidente preliminar: de la comparecencia imposible

La sala de la Curia Predicati era más solemne de lo necesario. Mármol oscuro, madera pesada, un escudo cuyo origen nadie conocía y, detrás de la magistratura, una inscripción latina que el secretario evitaba traducir porque sospechaba que estaba mal escrita.

UJIER: ¡De pie ante la Curia Predicati!

El público se levantó con un ruido de bancos y ropas. Don Quijote lo hizo antes que todos, interpretando la orden como una cortesía debida a su rango. Parménides ya estaba de pie. Arendt no se apresuró: terminó primero la línea que estaba escribiendo y sólo después se incorporó.

En la última fila había un espacio vacío que, horas después, Diógenes insistiría en haber ocupado desde el principio.

Hume entró con tres expedientes bajo el brazo. No miró al público. Colocó primero los expedientes por tamaño, luego el tintero, después el mazo exactamente paralelo al borde de la mesa. Sólo entonces se sentó.

Don Quijote observó el mazo con respeto judicial. El Sofista Desconocido observó que Hume lo había alineado dos veces.

HUME: Antes de comenzar, quiero saber quién redactó la regla según la cual toda inferencia deberá declarar su puente.

El secretario bajó los ojos. Parménides permaneció inmóvil. El Sofista hojeó un cuaderno completamente en blanco como si buscara allí al responsable.

HUME: Excelente. Primera disposición de la Curia y ya carece de proveniencia.

PARMÉNIDES: La regla es correcta.

Parménides no había llevado papeles. Tenía las manos a la espalda y hablaba como si cada frase hubiese estado esperándolo desde antes de la audiencia.

HUME: No he preguntado si es correcta. He preguntado quién la estableció.

PARMÉNIDES: Si es correcta, poco importa.

Hume movió el tintero medio centímetro a la izquierda.

HUME: Fiscal, si piensa conducir así la acusación, esta audiencia será más larga de lo previsto.

Volvió la vista hacia la defensa.

El Sofista no estaba en el lugar destinado a los abogados. Se había sentado en la esquina de la mesa de la defensa, de lado al juez, como si la arquitectura de la sala fuera una recomendación.

HUME: Nombre.

SOFISTA DESCONOCIDO: Sofista.

HUME: He preguntado su nombre.

SOFISTA: Y yo he respondido mi función.

HUME: Eso no responde mi pregunta.

El Sofista cerró lentamente el cuaderno en blanco.

SOFISTA: Excelente, Su Señoría. Ya tenemos establecido que una predicación no agota la identidad.

Parménides giró la cabeza hacia él por primera vez.

PARMÉNIDES: Objeción. La defensa está intentando introducir su tesis antes de que exista tesis que defender.

Hume tomó el mazo, pero no golpeó. Lo dejó otra vez exactamente donde estaba.

HUME: Admitida. Y, por desgracia para la Fiscalía, también queda admitido que «Sofista» no basta para responder «quién». No sacaré todavía ninguna conclusión de ello. Que conste la insuficiencia y nada más.

El Sofista hizo una reverencia desde la cintura, excesivamente formal para alguien que seguía sentado sobre una mesa.

Arendt levantó la vista del cuaderno y lo examinó durante dos segundos. No escribió nada.

HUME: Fiscal, formule el cargo.

Parménides avanzó hasta el centro de la sala. No consultó notas porque no tenía ninguna. Se detuvo a una distancia del acusado que parecía calculada para no reconocerlo como interlocutor y, sin embargo, poder señalarlo sin esfuerzo.

PARMÉNIDES: La Fiscalía acusa a Don Quijote de la Mancha de usurpación del Ser. El acusado es presentado como si fuera, pese a no ser. Se le atribuyen actos, identidad, voluntad, relaciones, historia y hasta muerte, cuando aquello de lo que hablamos no posee existencia propia fuera de una ficción. Esta Curia no debe confundir la capacidad de pronunciar un nombre con la presencia ontológica de aquello nombrado. Si bastara con hablar para conferir ser, cualquier quimera entraría por esta puerta apenas alguien la imaginara.

El murmullo del público creció. Don Quijote se inclinó hacia el Sofista.

DON QUIJOTE, en voz baja: ¿Ha dicho quimera por agravio o por ejemplo?

SOFISTA, sin mirarlo: Espere a que sostenga el predicado.

Don Quijote pareció considerar la respuesta poco caballeresca, pero suficiente.

HUME: Ésa sí es una acusación. Defensa.

El Sofista se levantó por fin, pero no avanzó al centro.

SOFISTA: Una pregunta preliminar.

HUME: Naturalmente.

SOFISTA: ¿El acusado está presente?

Parménides respondió sin mirar a Don Quijote.

PARMÉNIDES: No.

Don Quijote, sentado a tres pasos del fiscal, levantó una mano enguantada. La mantuvo arriba con la paciencia solemne de un alumno que estuviera concediendo audiencia a su maestro.

DON QUIJOTE: Si vuestra merced lo desea, puedo acercarme.

Parménides lo miró entonces. Lo hizo como se mira una demostración defectuosa que ha decidido caminar por la sala.

PARMÉNIDES: Que hable no demuestra que sea.

Don Quijote se puso de pie de golpe. Su mano buscó por reflejo la empuñadura de una espada que el ujier le había confiscado en la entrada.

DON QUIJOTE: Y que vuestra merced sea fiscal tampoco demuestra que sepa lo que dice.

Hume golpeó una sola vez. No fuerte: preciso.

HUME: Acusado, absténgase de convertir cada objeción en combate singular.

Don Quijote miró el espacio vacío de su cintura, recordó el destino de su espada y volvió a sentarse con dignidad ofendida.

DON QUIJOTE: No prometo lo que excede mis fuerzas, señor juez.

Arendt escribió algo por primera vez desde la presentación del cargo.

HUME: Fiscal, reformule. La defensa le preguntó si aquello que esta Curia llama «acusado» comparece de algún modo ante nosotros. Decir simplemente «no» mientras dirige su acusación hacia él resulta procesalmente incómodo.

Parménides regresó dos pasos hacia su mesa, como si la distancia le ayudara a restaurar el orden de las categorías.

PARMÉNIDES: Comparece una representación.

El Sofista empezó a caminar despacio, no hacia Parménides sino alrededor del lugar donde estaba sentado Don Quijote.

SOFISTA: ¿La representación es Don Quijote?

PARMÉNIDES: No necesariamente. Es aquello mediante lo cual lo designamos.

SOFISTA: Entonces la representación y el designado no son idénticos.

PARMÉNIDES: No he dicho que el designado sea. He dicho que el signo pretende designarlo.

Hume apoyó dos dedos sobre el mazo para impedirse usarlo antes de tiempo.

HUME: Bien. Ahora sí hay resistencia. Defensa, no convierta «hay referencia» en «hay ser». Fiscal, no convierta «hay representación» en «lo representado no es». Ambos puentes siguen pendientes.

El Sofista volvió a su mesa y se sentó ahora en la silla, quizá sólo porque todos esperaban que volviera a la mesa.

SOFISTA: Concedido.

Parménides asintió una sola vez.

PARMÉNIDES: También.

Hume miró a Arendt.

HUME: Empiezo a preocuparme. Dos concesiones en la primera hora.

Arendt no levantó la vista.

ARENDT: Aún queda día.


Primer incidente: el proceso contra los predicados

HUME: Acusado, diga su nombre para el registro.

Don Quijote se puso de pie con una gravedad que hizo parecer informal al tribunal entero. Se acomodó el peto antes de hablar y dirigió la respuesta no al juez, sino a toda la sala.

DON QUIJOTE: Soy Don Quijote de la Mancha, caballero andante, desfacedor de agravios y servidor de aquella sin par señora a quien llaman Dulcinea del Toboso.

El secretario de actas escribió «Don Quijote de la Mancha», siguió con «caballero andante», dudó ante «desfacedor» y detuvo la pluma.

SECRETARIO: Su Señoría.

Hume extendió la mano sin mirar.

HUME: Registre únicamente lo necesario para identificación. Lo demás ya parece alegato.

Don Quijote frunció el ceño ante la mutilación administrativa de su persona.

PARMÉNIDES: Objeción. El acusado no se llama Don Quijote. Es Alonso Quijano.

Parménides volvió al centro, esta vez con la primera hoja del expediente en la mano. La sostuvo a la altura del pecho como si el papel pudiera pesar más que la armadura.

DON QUIJOTE: Soy Don Quijote.

PARMÉNIDES: Usted se denomina así.

El Sofista se inclinó hacia delante, apoyando ambos codos en la mesa.

SOFISTA: ¿Denominarse constituye identidad?

Hume levantó un dedo antes de que el Sofista pudiera incorporarse.

HUME: Defensa, no adelante una conclusión.

SOFISTA: No adelanté ninguna. Pregunté.

Parménides dejó la hoja sobre la mesa de la Fiscalía y la alisó con la palma.

PARMÉNIDES: Un nombre no constituye por sí mismo aquello que nombra.

SOFISTA: Concedido.

PARMÉNIDES: Entonces su pregunta no le ha servido.

El Sofista tomó su cuaderno vacío y lo abrió por una página cualquiera.

SOFISTA: Me ha servido para impedir que usted reduzca la controversia a un registro bautismal.

Hume se masajeó brevemente el puente de la nariz.

HUME: Ambos parecen satisfechos con haber demostrado menos de lo que querían. Continuemos.

La Fiscalía presentó una lista de denominaciones. El secretario fue colocándolas sobre una mesa auxiliar, cada una en una tarjeta distinta: Alonso Quijano, Alonso Quijana, Alonso Quesada, Alonso Quijada, Don Quijote de la Mancha, hidalgo, loco, lector, caballero, personaje, ficción.

A medida que crecían las tarjetas, Don Quijote se inclinaba para leerlas. Cuando apareció «loco» se irguió. Cuando apareció «ficción», miró al Sofista como quien pregunta si ya puede desenvainar una espada inexistente.

Parménides se colocó detrás de la mesa de tarjetas.

PARMÉNIDES: Ahí está el problema. La defensa quiere una unidad suficientemente flexible para absorber cualquier predicado y suficientemente firme para seguir llamándola identidad. Eso puede convertirse en una palabra que nunca pierde.

El Sofista dejó de mirar las tarjetas y miró al fiscal.

SOFISTA: Buena objeción.

Por primera vez Parménides pareció incómodo, no por la objeción sino por el elogio.

PARMÉNIDES: No esperaba agradecimiento.

SOFISTA: ¿Qué propone usted?

Parménides tomó la tarjeta «loco», la levantó y luego la dejó otra vez en la mesa.

PARMÉNIDES: Que no llamemos identidad a la mera acumulación de nombres. Si hay identidad, debe haber alguna determinación por la cual esto sea esto y no aquello. De lo contrario, sólo tenemos una lista.

El Sofista giró lentamente hacia Hume.

SOFISTA: Ya alegó el fiscal por mí antes de los alegatos finales.

Hume señaló con el mango de la pluma, no con el mazo.

HUME: No abuse de un buen recurso antes de tiempo.

Desde el jurado, Arendt cerró su cuaderno. Eso llamó más la atención que si hubiera golpeado la mesa.

ARENDT: Y tampoco conviertan esa determinación en un predicado total.

Bajó del estrado del jurado, tomó la tarjeta «loco» y la colocó junto a «lector» e «hidalgo», sin apilar ninguna sobre otra.

ARENDT: «Loco» puede ser verdadero bajo un respecto sin adquirir jurisdicción sobre «lector», «hidalgo» o «caballero». El problema no es que haya muchos predicados. Es quién pretende autorizarlos para agotar aquello de lo que hablan.

Parménides observó la nueva disposición de las tarjetas.

PARMÉNIDES: Acepto la distinción. Pero sigo preguntando: ¿qué mantiene la unidad?

Arendt regresó a su lugar, pero dejó las tarjetas como estaban.

Hume miró la mesa, luego al Sofista.

HUME: Excelente. La Fiscalía acaba de formular la pregunta que la defensa quería enseñar. Ahora la defensa tendrá que responderla sin dictar clase.

El Sofista se levantó y, en vez de responder, miró hacia la puerta.

SOFISTA: Solicito un perito.

HUME: ¿A quién?

SOFISTA: Aristóteles.

Hume dejó caer la pluma sobre la mesa.

HUME: Eso puede ser útil o interminable. Que pase.

La puerta se abrió antes de que el ujier terminara de anunciarlo. Aristóteles compareció con varios rollos, dos tablillas, una cuerda, una caja de fichas y una expresión que alarmó inmediatamente al juez.

Mientras caminaba hacia el estrado miró las columnas de la sala, la posición del acusado, la mesa auxiliar y el mazo de Hume como si ya hubiera empezado a clasificarlos.

ARISTÓTELES: Será necesario distinguir sustancia, cualidad, cantidad, relación, lugar, tiempo—

Hume levantó tres dedos.

HUME: Tres distinciones como máximo.

Aristóteles se detuvo a mitad de abrir el primer rollo.

ARISTÓTELES: Su Señoría limita la realidad por economía procesal.

HUME: Limito su exposición por supervivencia institucional.

Aristóteles miró los siete rollos que aún tenía bajo el brazo y entregó cinco al ujier con visible dolor filosófico.

El público rió por primera vez.

SOFISTA: Maestro, una sola cuestión. ¿Que un sujeto reciba varios predicados obliga a que cada predicado constituya un sujeto distinto?

Aristóteles miró la mesa de tarjetas y, por puro reflejo, empezó a ordenarlas.

ARISTÓTELES: No.

Parménides retiró de su mano la tarjeta «caballero» y la devolvió a donde estaba.

PARMÉNIDES: Ni demuestra que aquí exista sujeto alguno.

SOFISTA: Correcto.

Hume anotó una pequeña marca en el margen del expediente.

HUME: Empiezo a apreciar esta nueva costumbre de no intentar ganar cada frase.

Aristóteles abrió la boca.

HUME: Gracias, maestro.

Aristóteles la cerró. Miró sus dos rollos supervivientes y salió como quien abandona una guerra injusta.


Segundo incidente: identidad antes de ego

La Fiscalía cambió de frente sin cambiar de postura. Parménides seguía de pie. Nadie recordaba haberlo visto sentarse.

PARMÉNIDES: Admitamos provisionalmente continuidad narrativa. Eso no basta para identidad ontológica. Una sucesión puede ser ordenada por un autor, por un lector o por una convención sin que exista una unidad previa distinta del propio orden.

Hume levantó la vista del margen donde llevaba la cuenta de concesiones.

HUME: Ahora sí estamos en mi territorio.

El Sofista se puso detrás de Don Quijote, no delante del juez.

SOFISTA: Precisamente por eso quiero preguntarle a usted. Cuando unos padres dicen de un infante «eres niño», «eres sano», «eres bonito», ¿cómo llamamos a aquello a lo que atribuyen esos predicados antes de que el infante pueda reconocerse reflexivamente?

Don Quijote giró la cabeza, algo decepcionado de haber desaparecido súbitamente de su propio juicio.

HUME: Llamarlo identidad pre-reflexiva sería admisible como descripción de una unidad de atribución, siempre que no introduzca una sustancia secreta.

El Sofista alzó ambas manos vacías.

SOFISTA: No he introducido ninguna.

Parménides dio un paso hacia él.

PARMÉNIDES: Han demostrado atribución, no identidad.

El Sofista se apartó un paso, cediéndole físicamente el centro.

SOFISTA: ¿Atribución a qué?

PARMÉNIDES: A un referente determinado.

El Sofista no dijo nada.

Hume dejó de escribir.

Arendt levantó lentamente la vista hacia Parménides.

HUME: Fiscal, acaba de añadir «determinado».

Parménides miró la mesa de tarjetas y después al acusado.

PARMÉNIDES: Porque si no estuviera determinado no podría distinguir aquello a lo que atribuimos «niño» de la mesa a la que no se lo atribuimos.

El Sofista sonrió y regresó a su asiento sin reclamar el centro que había dejado libre.

SOFISTA: Me basta.

Hume apuntó con la pluma hacia él.

HUME: No le basta todo. Le basta esto: la reflexividad no puede ser condición de toda determinación, porque ya estamos atribuyendo antes de ella. Nada más.

Arendt apoyó ambos antebrazos sobre el borde del jurado.

ARENDT: Y hay una segunda dificultad. Ese referente no aparece en un vacío. Antes de decir «yo», ya ha sido llamado «tú», «hijo», «niño», «sano», «enfermo», «bonito», «feo».

Mientras hablaba no miraba al Sofista ni a Parménides, sino al público.

ARENDT: No digo que esos nombres creen su ser. Digo que la identidad que después podrá reconocerse llega a un mundo donde otros ya han predicado sobre ella.

Parménides se volvió hacia el jurado.

PARMÉNIDES: Eso demuestra mundo compartido, no fundamento ontológico.

Arendt lo sostuvo con la mirada.

ARENDT: No he dicho que lo funde.

PARMÉNIDES: Entonces no ha respondido a mi objeción.

Arendt bajó un escalón del jurado.

ARENDT: Sí. Usted quiere conservar una determinación previa a la reflexividad y, al mismo tiempo, tratar como descartable el hecho de que esa determinación ya comparece ante otros. Si sostiene que esa alteridad es irrelevante para la identidad que después se reconoce, muestre el puente.

Parménides frunció apenas el ceño.

PARMÉNIDES: No he dicho que sea irrelevante.

ARENDT: Entonces no la expulse del expediente.

Hume dejó la pluma sobre la hoja.

HUME: Punto de la jurado. No se ha demostrado que la alteridad funde el ser; tampoco que pueda borrarse del problema por decreto. Que conste así y nada más.

Arendt volvió a sentarse.

Don Quijote levantó una mano.

DON QUIJOTE: ¿Puedo volver a ser acusado ya?

Hume lo miró.

HUME: En cuanto la filosofía termine de usarlo como ejemplo de sí mismo.

DON QUIJOTE: Es una indignidad ser secundario en el juicio propio.

HUME: Anótese como queja, no como predicado.

Don Quijote se irguió todavía más.

DON QUIJOTE: Protesto. Una queja también se predica de alguien, y ésta es mía.

El secretario detuvo la pluma y miró a Hume.

Hume miró al acusado durante un instante.

HUME: Entonces anótese como queja del acusado, no como definición del acusado.

Don Quijote consideró la fórmula.

DON QUIJOTE: Eso es menos indigno.

HUME: Es lo máximo que ofrece el procedimiento.


Tercer incidente: tres condiciones mínimas, ganadas a golpes

Parménides abandonó por fin el centro y caminó hasta la mesa auxiliar. Tomó tres tarjetas en blanco y las colocó frente al Sofista.

PARMÉNIDES: La defensa ha evitado hasta ahora su carga principal. Si pretende sostener que Don Quijote es, debe decir qué condiciones mínimas exige para hablar de un ser determinado.

El Sofista miró las tarjetas vacías.

SOFISTA: Empezaré con la suya. ¿El ser puede ser lo que no es?

PARMÉNIDES: No.

SOFISTA: ¿Puede no ser lo que es bajo el mismo respecto?

PARMÉNIDES: No.

Hume se reclinó por primera vez en la silla.

HUME: Hasta aquí sólo hemos conseguido que Parménides sea Parménides.

Don Quijote asintió con gravedad, como si aquello fuera un mérito judicial.

SOFISTA: Entonces: el ser es lo que es y no es lo que no es.

Parménides apoyó dos dedos sobre la primera tarjeta en blanco.

PARMÉNIDES: Eso no le pertenece.

SOFISTA: Mejor. Si algo es esto y no aquello, ¿hay alguna determinación por la cual sea esto y no aquello?

PARMÉNIDES: Sí.

El Sofista tomó la tarjeta.

SOFISTA: A esa determinación—

Parménides no soltó la tarjeta.

PARMÉNIDES: No corra. Puede llamarla como quiera; primero explique qué hace.

Durante un instante ambos sostuvieron la misma tarjeta desde extremos opuestos.

SOFISTA: Delimita posibilidades y permite referir este ser como este ser.

Hume señaló la tarjeta compartida.

HUME: Dos funciones.

SOFISTA: Dos perspectivas. Cuando enfatizo delimitación, sesgo. Cuando enfatizo continuidad referencial, identidad.

Parménides soltó la tarjeta.

PARMÉNIDES: ¿Son sinónimos?

SOFISTA: No.

Hume escribió «NO SINÓNIMOS» en el margen y subrayó dos veces.

HUME: Bien. Primera victoria del día: una palabra no ha intentado devorar a otra.

Parménides empujó hacia el Sofista la segunda tarjeta en blanco.

PARMÉNIDES: Aun así, una determinación instantánea no explica persistencia. Si cada cambio produce un nuevo ser, su identidad se deshace. Si ningún cambio importa, la vuelve inmóvil.

Una voz habló desde el fondo.

SPINOZA: Ahora sí.

Todos giraron. Spinoza estaba sentado en una esquina desde hacía tanto que el ujier había dejado sobre su banco un legajo de expedientes creyéndolo mueble auxiliar.

HUME: ¿Quién es usted?

Spinoza retiró con calma el legajo de sus rodillas.

SPINOZA: Baruch Spinoza. Llevo demasiado tiempo esperando que alguien llegue a perseverar.

HUME: Pase, pero deje la geometría fuera.

Spinoza se puso de pie y recogió el legajo antes de avanzar.

SPINOZA: ¿Dónde lo dejo?

HUME: Donde no adquiera estatuto ontológico por accidente.

El secretario se lo quitó apresuradamente.

SOFISTA: Maestro, ¿cómo nombraría el problema de que algo atraviese transformaciones sin que cada variación obligue a postular un ser absolutamente nuevo?

SPINOZA: Perseverancia.

Parménides tocó con el índice la segunda tarjeta vacía.

PARMÉNIDES: «Perseverancia» todavía describe el problema. No explica por qué seguiría siendo.

El Sofista tomó la tarjeta y escribió dos palabras.

SOFISTA: Por eso recupero dos términos: pasión del ser y voluntad del estar.

Parménides leyó la tarjeta y la dejó caer sobre la mesa como si estuviera caliente.

PARMÉNIDES: Antropomorfismo.

SOFISTA: Sólo si los toma en sentido psicológico moderno.

Hume movió el mazo lejos de la tarjeta, por si la discusión etimológica intentaba expandirse.

HUME: Defiéndalos sin etimología ceremonial.

SOFISTA: Pasión del ser: la persistencia de seguir siendo a través de lo padecido. Voluntad del estar: el despliegue del estar a través del devenir. No digo que una roca quiera como un humano. Digo que ambos términos son analógicos.

Spinoza tomó la tarjeta, la leyó y se la devolvió al Sofista.

SPINOZA: Mientras «analogía» no sea disfraz de identidad, la formulación es comprensible.

Una silla cayó al fondo con estrépito.

Nietzsche se había sentado sobre una mesa, no porque faltaran sillas sino porque había una disponible.

NIETZSCHE: Y si van a usar «voluntad», procuren que no termine domesticada.

Hume giró lentamente hacia el secretario.

HUME: ¿Fue citado?

El secretario repasó dos hojas.

SECRETARIO: No.

Nietzsche cruzó una pierna sobre la otra.

NIETZSCHE: Mejor.

Hume volvió al frente.

HUME: Queda admitido únicamente como accidente escénico.

Nietzsche inclinó la cabeza, satisfecho de haber obtenido exactamente el estatuto que habría escogido.

Parménides empujó la tercera tarjeta vacía hacia el Sofista.

PARMÉNIDES: Aun concediendo determinación y persistencia, no ha explicado cómo una posibilidad llega a ser este ser efectivo. Su «sesgo» selecciona; su «pasión» conserva. Falta el paso.

El Sofista no tomó inmediatamente la tarjeta. La miró. Luego miró a Don Quijote. Después a Parménides.

SOFISTA: Primera mediación.

Hume enderezó el mazo.

HUME: Antes la llamó colapso.

SOFISTA: Sí. «Colapso» podía sugerir destrucción. Primera mediación nombra la función: la posibilidad compatible con el ser queda determinada como este ser/estar efectivo.

Parménides tomó la tarjeta antes de que el Sofista pudiera escribir.

PARMÉNIDES: ¿Y qué había antes?

El Sofista señaló la tarjeta sin tocarla.

SOFISTA: Si «antes» significa temporalmente antes, la pregunta es ilegítima si la temporalidad propia comienza con esa determinación. Sólo puedo hablar de anterioridad constitutiva.

Desde su banco, Aristóteles levantó un dedo. Nadie había notado que había regresado.

ARISTÓTELES: Sobre lo anterior—

Hume alzó el mazo sin mirar siquiera hacia él.

HUME: Si trae un reloj, queda expulsado.

Aristóteles bajó el dedo, ofendido por una acusación que no había cometido pero que consideraba posible.

El Sofista tomó por fin la tercera tarjeta y escribió «primera mediación».

SOFISTA: Al campo de posibilidades lo llamo Caos.

Parménides dio un golpe seco con la yema del dedo sobre la mesa.

PARMÉNIDES: ¿Todo puede devenir cualquier cosa?

SOFISTA: No. Caos no es arbitrariedad. Es infinito de posibilidades del ser, ya sesgadas por lo que puede determinarse.

Hume miró al secretario.

HUME: ¿Teoría física?

SOFISTA: No.

HUME: ¿Matemática?

SOFISTA: No.

Hume escribió una línea en el acta.

HUME: Entonces que conste: construcción ontológica. Poincaré puede permanecer en su casa.

Nietzsche levantó una mano desde la mesa.

NIETZSCHE: ¿Y yo?

HUME: Usted nunca estuvo formalmente aquí.

Nietzsche pareció complacido.

Parménides alineó las tres tarjetas en una sola fila.

PARMÉNIDES: Recapitule sin sermón.

El Sofista no se levantó. Señaló cada tarjeta con un dedo.

SOFISTA: Determinación: sesgo/identidad. Persistencia y despliegue: pasión/voluntad. Determinación efectiva de posibilidad: primera mediación.

PARMÉNIDES: ¿Y a lo determinado?

El Sofista tomó una cuarta tarjeta del secretario sin pedir permiso y escribió una sola palabra.

SOFISTA: sum.

Hume miró la tarjeta.

HUME: ¿Ego?

El Sofista negó con la cabeza.

SOFISTA: Todavía no.

Hume relajó los hombros.

HUME: Gracias. Por un momento temí que apareciera otra sustancia.

El Sofista colocó sum debajo de las tres tarjetas anteriores.

SOFISTA: sum es el ser/estar determinado en el Caos.

Parménides señaló el trazo inclinado entre ser y estar.

PARMÉNIDES: ¿Por qué «ser/estar»?

SOFISTA: Porque sostengo inherencia: el ser es en tanto está; el estar está en tanto es. No identidad léxica ni dos sustancias. Ningún ser que no esté de algún modo; ningún estar que no sea.

Parménides retiró la mano.

PARMÉNIDES: Eso requerirá otra audiencia.

SOFISTA: Probablemente.

Hume cerró por un instante los ojos.

HUME: La Curia agradece toda tesis que traiga consigo litigios futuros.


Cuarto incidente: la silla y la inflación ontológica

La puerta se abrió con un chirrido largo.

Diógenes entró descalzo arrastrando una silla cuyo respaldo golpeaba cada tres baldosas. El ujier intentó detenerlo. Diógenes le entregó el extremo libre de la silla y siguió caminando, obligándolo a cargarla durante dos pasos antes de que comprendiera la maniobra.

Hume lo vio acercarse y apartó preventivamente el tintero.

HUME: Nadie lo ha llamado.

Diógenes dejó la silla justo frente a la magistratura y se sentó en el suelo.

DIÓGENES: La silla sí fue citada.

El secretario buscó entre los papeles.

SECRETARIO: No consta.

Diógenes dio una palmada al asiento.

DIÓGENES: Ahora consta.

Hume miró la silla, luego a Diógenes en el suelo.

HUME: Continúe antes de que pregunte por qué usted no la usa.

Diógenes señaló la silla.

DIÓGENES: ¿Es?

HUME: Sí.

Diógenes señaló a Don Quijote.

DIÓGENES: ¿Y él?

Parménides se interpuso visualmente entre el dedo y el acusado.

PARMÉNIDES: Eso se juzga.

Diógenes encogió los hombros.

DIÓGENES: Entonces la silla tiene mejor abogado.

Don Quijote miró la silla con una mezcla de desprecio y competitividad.

El Sofista se acercó a Diógenes, pero éste señaló el suelo junto a él. El Sofista permaneció de pie.

SOFISTA: Si concediéramos por un momento que ambos son, ¿Don Quijote sería más ser que la silla por hablar, pensar o reconocerse?

Parménides dio un paso hacia adelante antes de que Diógenes respondiera.

PARMÉNIDES: La pregunta está amañada. Primero concede lo que debe probar y después reparte igualdad.

Hume golpeó el mazo una vez.

HUME: Objeción admitida. Defensa, formule condicionalmente y no cobre la condición como hecho.

El Sofista miró a Diógenes, como si éste acabara de perder la oportunidad de responder algo memorable.

SOFISTA: Si A y B son, ¿una diferencia de modo autoriza por sí sola a decir que A es «más ser» que B?

Parménides contestó antes que Diógenes.

PARMÉNIDES: No.

Diógenes señaló al fiscal.

DIÓGENES: Ése.

Hume escribió otra marca en el margen.

HUME: Eso sí queda. No prueba que Don Quijote sea. Sólo impide usar reflexividad, complejidad o valor como unidades de ser.

Parménides rodeó la silla sin tocarla.

PARMÉNIDES: Y abre otro problema. Si «ser» es tan unívoco que una silla, un hombre y una ficción pueden caer bajo la misma cópula, ¿qué evita una inflación ontológica sin límite?

El Sofista apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.

SOFISTA: Los predicados adicionales y sus puentes.

Parménides quitó la mano del Sofista de la silla con dos dedos, como si también la propiedad del mueble estuviera en litigio.

PARMÉNIDES: Eso es una promesa metodológica, no una ontología.

El Sofista retiró la mano.

SOFISTA: Correcto.

Hume levantó una ceja.

HUME: Defensa, acaba de dejar viva una objeción importante.

El Sofista volvió a mirar a Diógenes.

SOFISTA: No necesito matarlas a todas.

Diógenes sonrió por primera vez.

HUME: Empiezo a apreciar seriamente esta nueva costumbre.

Diógenes se puso de pie, tomó la silla y la cargó ahora sobre un hombro.

DIÓGENES: ¿Ya?

HUME: Sí.

Diógenes miró a Parménides, luego al Sofista y finalmente al enorme mobiliario de la Curia.

DIÓGENES: Qué desperdicio de madera.

Salió llevándose la única silla de la sala cuya existencia había quedado expresamente concedida.


Quinto incidente: del sum al ego

Parménides esperó a que se cerrara la puerta. Luego volvió a las cuatro tarjetas del tercer incidente y tomó la que decía sum.

PARMÉNIDES: Incluso concediendo provisionalmente sum, todavía no hay ego. Y si la defensa quiere usar actos de Don Quijote para hablar de identidad, debe justificar el paso desde atribución externa a reconocimiento propio.

Hume se inclinó hacia delante.

HUME: Exactamente.

El Sofista miró la puerta.

SOFISTA: Solicito un testigo hostil.

Hume ya sabía la respuesta.

HUME: ¿Descartes?

SOFISTA: Descartes.

Descartes entró antes de ser anunciado. Se detuvo en el umbral, vio la pizarra vacía, las tarjetas y a Hume, y adoptó la expresión satisfecha de quien por fin encuentra una conversación que debería haber comenzado por él.

DESCARTES: Pienso—

Hume alzó la palma.

HUME: Todavía no.

Descartes cerró la boca con visible esfuerzo.

El Sofista se acercó a él.

SOFISTA: Maestro, en el cogito no sólo ocurre pensamiento. ¿Hay también reconocimiento de usted como quien realiza ese acto?

Descartes se acarició el mentón, pero no miró al Sofista: miró a Hume.

DESCARTES: Puede formularse así.

Hume señaló al secretario.

HUME: «Puede formularse» no significa «ésa fue la doctrina de Descartes». Que conste.

Descartes asintió, quizá agradecido de que al menos alguien estuviera defendiendo la autoría de sus propias ideas.

SOFISTA: Me basta el movimiento: acto y reconocimiento del actuante.

Parménides dejó la tarjeta sum sobre la mesa entre el Sofista y Descartes.

PARMÉNIDES: Falta causalidad. Reconocer que un acto ocurre en mí no demuestra que yo sea su causa.

Hume sonrió y, por primera vez en la audiencia, no corrigió inmediatamente al fiscal.

HUME: Fiscal, hoy está haciendo mi trabajo.

Parménides no respondió al cumplido.

SOFISTA: Por eso no digo causa total ni exclusiva. Digo causa sine qua non de este acto como acto suyo. Para atribuírselo a Don Quijote, debe existir identidad entre el agente determinado y aquello que se reconoce como propio.

Parménides tomó la tarjeta y la sostuvo frente a Don Quijote.

PARMÉNIDES: O puede bastar una convención narrativa que asigne el verbo al personaje.

Don Quijote miró la tarjeta como si fuera una orden de arresto.

SOFISTA: Para el lector, quizá. Para ego, no. Ego exige reconocimiento desde el propio sum.

Hume volvió a enderezar el mazo.

HUME: Formule.

El Sofista tomó otra tarjeta, pero esta vez no escribió hasta haber mirado a Parménides.

SOFISTA: ego = sum + acto + reconocimiento del sum como causa sine qua non de este acto.

HUME: ¿Y segunda mediación?

SOFISTA: El reconocimiento mismo: el sum se media reflexivamente respecto de su acto.

Parménides empezó a caminar alrededor de Don Quijote, esta vez lentamente.

PARMÉNIDES: ¿Todo sum tiene ego?

SOFISTA: No.

PARMÉNIDES: ¿Todo ego requiere sum?

SOFISTA: Sí.

Hume señaló hacia la puerta por donde había salido Diógenes.

HUME: ¿Ego añade ser?

SOFISTA: No.

HUME: La silla puede descansar en paz.

Desde el pasillo se oyó la voz de Diógenes.

DIÓGENES: No descansa. La llevo yo.

Hume cerró los ojos durante un segundo.

Parménides dejó de caminar.

PARMÉNIDES: Todavía queda una objeción. Si cada reconocimiento modifica la identidad, ¿cómo garantiza que el agente que reconoce después sea el mismo que actuó antes? Su recursividad amenaza con comerse su condición de identidad.

El Sofista abrió la boca y no dijo nada.

La pausa se prolongó lo suficiente para que Don Quijote girara a verlo.

Arendt cerró su cuaderno.

ARENDT: Ésa sí es una dificultad.

El Sofista se apoyó en el borde de la mesa, esta vez sin teatralidad.

SOFISTA: La modificación no puede ser sustitución absoluta en cada paso, porque entonces no habría atribución posible. La identidad debe persistir precisamente para que el acto reconocido pueda incorporarse como modificación de ese mismo ser.

Hume tomó la pluma y trazó una línea junto a la frase.

HUME: No lo tome como demostrado. Tómelo como condición de inteligibilidad de su esquema.

El secretario, entusiasmado por haber entendido algo, escribió en una hoja aparte:

ego_t → acto_t → reconocimiento_t → identidad_{t+1}

Hume estiró el cuello para verlo.

HUME: Y póngalo como esquema, no como ley natural.

El secretario tachó solemnemente «LEY» que ya había empezado a escribir en el encabezado.

SECRETARIO: Ya aprendí.

Descartes miró el esquema.

DESCARTES: ¿Puedo decir ahora—?

HUME: Gracias por su comparecencia, maestro.

Descartes salió con el cogito todavía sin estrenar.


Sexto incidente: Arendt pide dos expedientes

Arendt no habló desde su sitio. Bajó del jurado llevando su cuaderno y se dirigió directamente al escritorio del secretario.

ARENDT: Antes de llamar a Sancho, quiero separar dos cosas que la audiencia está mezclando.

El secretario protegió instintivamente sus papeles con los brazos.

Hume hizo un gesto resignado.

HUME: Abra otro expediente. Aparentemente uno no bastaba.

Arendt tomó dos carpetas vacías, las puso sobre la mesa y las separó aproximadamente un brazo.

ARENDT: Uno para la trayectoria que el agente reconoce como propia. Otro para la proyección de esa trayectoria en el mundo de los otros.

Parménides se acercó a las carpetas y miró primero una y luego la otra.

PARMÉNIDES: ¿Dos identidades?

Arendt movió una carpeta todavía más lejos de la otra.

ARENDT: No he dicho eso. He dicho dos registros de relación.

El Sofista empezó a levantarse.

SOFISTA: Continúe.

Arendt le señaló la silla sin mirarlo.

ARENDT: Estoy continuando.

El Sofista volvió a sentarse.

ARENDT: Don Quijote actúa, se reconoce, insiste en un nombre, modifica su curso. Eso pertenece a su trayectoria reflexiva.

Puso en la primera carpeta las tarjetas sum, ego y «Don Quijote».

ARENDT: Pero Sancho, los duques, los lectores, Cervantes y esta Curia también lo nombran, interpretan, ridiculizan, recuerdan y convierten en algo para otros.

Tomó varias de las tarjetas de predicados y las colocó en la segunda carpeta.

ARENDT: Esa segunda trayectoria no es idéntica a la primera.

Hume observaba ahora las carpetas, no a Arendt.

HUME: ¿Y por qué importa?

Arendt puso una mano sobre cada expediente.

ARENDT: Porque si confundimos ambas, terminaremos diciendo que un ser es exactamente lo que otros dicen de él. O el error inverso: que el mundo común no importa en absoluto para la identidad que llega a reconocerse.

Parménides tomó la tarjeta «loco» de la segunda carpeta.

PARMÉNIDES: Pero la proyección ajena puede ser falsa.

Arendt se la quitó y volvió a ponerla en la carpeta, sin agresividad pero sin pedir permiso.

ARENDT: Precisamente. Puede ser falsa, parcial, hostil, amorosa o interesada y, sin embargo, producir consecuencias reales en el mundo compartido. No por eso se vuelve constituyente exhaustivo del ser.

El Sofista volvió a inclinarse hacia delante.

SOFISTA: Eso preserva la identidad previa y, al mismo tiempo, permite que la alteridad intervenga en la recursividad sin convertirse en creadora absoluta.

Hume apuntó con la pluma hacia él.

HUME: Defensa, deje que la jurado sostenga su propia frase.

Arendt miró al Sofista por encima del hombro.

ARENDT: Gracias, Su Señoría.

HUME: No era defensa de su dignidad. Era control de daños.

Arendt regresó al jurado, pero dejó las dos carpetas sobre la mesa del secretario.

ARENDT: Entonces llame a Sancho.

El ujier abrió la puerta. Sancho ya estaba del otro lado, sentado en el suelo con una bolsa de comida y una expresión de quien había oído suficiente filosofía para desconfiar de cualquier sala cerrada.

Entró sin quitarse la bolsa del hombro.

SANCHO: Me dijeron que venía a declarar, no a quedarme a vivir aquí.

Hume miró hacia una ventana alta para calcular cuánto día quedaba.

HUME: Si responde con precisión, todos compartimos ese objetivo.

Sancho se sentó en la primera silla que encontró. Era la del fiscal.

Parménides lo miró.

Sancho lo miró de vuelta.

Sancho se levantó.

SANCHO: Había una silla.

PARMÉNIDES: Ya no.

Sancho terminó de pie en el centro.

ARENDT: Sancho, ¿quién es el acusado?

Sancho señaló con el pulgar a Don Quijote sin mirarlo.

SANCHO: Don Quijote de la Mancha.

Don Quijote corrigió discretamente la postura, satisfecho.

Parménides se acercó a Sancho.

PARMÉNIDES: ¿No Alonso Quijano?

Sancho miró a Don Quijote. Luego a Parménides. Después a Hume, como si buscara la respuesta menos peligrosa.

SANCHO: También, cuando le daba por serlo.

Parménides se volvió inmediatamente hacia el juez.

PARMÉNIDES: Contradicción.

Arendt, desde el jurado, no alzó la voz.

ARENDT: ¿Bajo el mismo respecto?

Parménides miró a Hume.

Hume levantó ambas manos.

HUME: No me mire. El problema es suyo.

Parménides apretó los labios.

PARMÉNIDES: Reformulo: la narración muestra transformación de identidad.

Arendt se inclinó hacia Sancho.

ARENDT: Bien. ¿Y usted, Sancho, cambia cada vez que cambia su manera de entender a su señor?

Sancho abrió la bolsa, sacó un trozo de pan, vio la expresión del ujier y volvió a guardarlo.

SANCHO: Yo cambio de opinión. Él sigue dándome trabajo.

Hume hizo una anotación.

HUME: Una formulación sorprendentemente útil.

ARENDT: Ahí está la distinción. La proyección de Don Quijote en Sancho cambia sin que cada cambio de Sancho produzca un nuevo Don Quijote. Y, al mismo tiempo, la respuesta de Sancho entra en el mundo donde Don Quijote actúa.

Arendt miró los dos expedientes que había dejado sobre la mesa del secretario.

ARENDT: Alteridad sin absorción. El otro entra en la trayectoria sin adquirir por ello derecho a agotarla.

Parménides señaló las dos carpetas.

PARMÉNIDES: ¿Y después de la muerte? Los otros seguirán cambiándolo mediante interpretación, mientras él ya no puede responder.

Arendt miró las carpetas, y esta vez no respondió inmediatamente.

ARENDT: Entonces los dos expedientes dejan de avanzar del mismo modo. Ésa será importante más adelante.

Sancho levantó la mano.

SANCHO: ¿Puedo irme antes de que me conviertan también en expediente?

Hume señaló la puerta.

HUME: Sí.

Sancho dio dos pasos, volvió, tomó discretamente el pan de la bolsa y se lo ofreció a Don Quijote.

DON QUIJOTE, en voz baja: Un caballero no come durante su proceso.

SANCHO: Pues un acusado sí.

Dejó el pan sobre la mesa y salió.

Don Quijote no lo tocó. Durante el resto de la audiencia miraría el pan varias veces.


Séptimo incidente: la Curia pierde al acusado

El secretario extendió las tarjetas y documentos acumulados hasta ocupar casi toda la mesa auxiliar. Algunas habían terminado dentro de los dos expedientes de Arendt; otras estaban duplicadas; una decía «¿caballero?» con un signo de interrogación que nadie reconoció haber escrito.

SECRETARIO: Alonso Quijano. Don Quijote. Hidalgo. Lector. Loco. Caballero. No caballero. Amante de Dulcinea. Señor de Sancho según unas declaraciones, compañero según otras. Personaje. Ficción. Creación cervantina. Agente. Paciente. Viviente dentro de la narración. Muriente al cierre. Recordado posteriormente. Referido actualmente ante esta Curia.

A mitad de la lista Don Quijote intentó corregir «no caballero». Hume levantó un dedo sin mirarlo y el acusado volvió a sentarse.

HUME: ¿Algo más?

El secretario levantó tres hojas adicionales.

SECRETARIO: Tres páginas.

Hume extendió una mano.

HUME: Basta.

Parménides caminó hacia la mesa cubierta de predicados. No tomó ninguno.

PARMÉNIDES: La multiplicación de predicados no produce un ser. Ése sigue siendo mi punto.

El Sofista, en cambio, tomó varias tarjetas y las dejó caer una a una sobre la mesa.

SOFISTA: Y ninguno parece agotarlo. Ése sigue siendo el mío.

Parménides tomó la tarjeta «Don Quijote».

PARMÉNIDES: Entonces tal vez lo que usted llama identidad no sea más que una regla de conservación narrativa: una instrucción para tratar múltiples predicados como pertenecientes al mismo personaje.

El Sofista dejó de jugar con las tarjetas.

SOFISTA: Posible objeción. ¿Esa regla explica también por qué podemos distinguir predicados que le pertenecen de predicados que no?

Parménides levantó la tarjeta «Don Quijote» como si fuera una prueba documental.

PARMÉNIDES: Dentro del texto, sí.

SOFISTA: Entonces al menos admite una determinación interna suficiente para discriminar atribuciones.

Parménides dejó la tarjeta sobre la mesa, lejos de la defensa.

PARMÉNIDES: Interna al texto. No la convierta en ontología universal.

Hume dibujó con la pluma una línea vertical en el margen del expediente.

HUME: Ambos ganan una mitad y pierden la otra. Continúen.

Don Quijote llevaba varios minutos callado. Había tomado finalmente el pan de Sancho, pero no lo había comido. Lo sostenía entre ambas manos mientras escuchaba cómo la sala lo fragmentaba en tarjetas.

Se puso de pie sin pedir permiso.

No buscó la espada ausente. No miró al fiscal.

DON QUIJOTE: Todos ustedes llevan horas diciéndome qué he sido. Ninguno me ha preguntado quién soy.

El secretario dejó la pluma.

Arendt levantó la vista.

Parménides no se movió.

El Sofista dejó de sonreír.

Hume miró al acusado durante varios segundos.

HUME: ¿Y quién es?

Don Quijote dejó el pan sobre la mesa.

DON QUIJOTE: Soy Don Quijote de la Mancha.

Parménides se llevó una mano al rostro. No de derrota: de agotamiento conceptual.

Hume miró las tres páginas de predicados.

HUME: Después de todo esto, esperaba una respuesta más larga.

Don Quijote volvió a sentarse.

DON QUIJOTE: Vuestra Señoría pidió quién, no cuántos folios.

Arendt sonrió. El Sofista miró al secretario.

SOFISTA: Que conste exactamente así.

HUME: Por una vez, sí.


Octavo incidente: la integral es sometida a contrainterrogatorio

El Sofista pidió una pizarra.

Hume respondió antes de que terminara la frase.

HUME: No.

SOFISTA: Quiero dibujar una integral.

Hume alejó el mazo de sí mismo, como quien retira un arma antes de perder la paciencia.

HUME: Menos.

Arendt señaló con el lápiz la puerta por la que se había ido Diógenes.

ARENDT: Déjelo. Hemos admitido una silla, dos expedientes y a Nietzsche sin citación.

Nietzsche, que seguía sentado en la mesa del fondo, levantó dos dedos a modo de saludo.

Hume suspiró.

HUME: De acuerdo. Pero esta vez la metáfora no entra gratis.

El ujier llevó una pizarra pequeña. El Sofista pidió una más grande. El ujier miró a Hume. Hume negó. El Sofista aceptó la pequeña.

Escribió:

f(x)

y debajo:

∫ₐᵇ f(x) dx

Don Quijote inclinó la cabeza.

DON QUIJOTE, a Parménides: ¿Es hechicería?

PARMÉNIDES: Ojalá. Sería más fácil acusarla.

SOFISTA: Propongo llamar integral del ego a la trayectoria acumulativa de actos reconocidos, modificaciones de identidad y nuevas autodeterminaciones.

Hume se puso de pie.

Fue la primera vez que abandonó la magistratura durante toda la audiencia.

Se acercó a la pizarra, tomó la tiza de la mano del Sofista y señaló x.

HUME: Objeción del tribunal.

El Sofista miró la mano vacía donde un segundo antes había tenido la tiza.

SOFISTA: ¿Su Señoría puede objetar?

HUME: Esta Curia acaba de inventarse a sí misma; no abuse de las formalidades.

Golpeó suavemente con la tiza junto a la x.

HUME: ¿Qué es x?

El Sofista guardó silencio.

Hume señaló f(x).

HUME: ¿Qué integra f? ¿Actos? ¿Predicados? ¿Reconocimientos? ¿Todos poseen una magnitud común? ¿Cuál es la medida? ¿Por qué supone continuidad?

Se volvió hacia la mesa de tarjetas, tomó «loco» y «caballero» y las sostuvo una junto a la otra.

HUME: Sus «cortes» son heterogéneos: «loco» no es una cantidad comparable con «caballero», un acto no es la misma clase de objeto que un reconocimiento y una modificación de identidad no tiene por qué variar suavemente.

Dejó las tarjetas sobre el escritorio del Sofista.

HUME: Si esto fuera matemática, su integral estaría acusada antes que Don Quijote.

Parménides sonrió por primera vez. No ampliamente; apenas lo suficiente para que el Sofista lo notara.

PARMÉNIDES: Solicito que conste íntegramente.

El Sofista extendió una mano hacia Hume.

SOFISTA: ¿Me devuelve la tiza?

HUME: Después de responder.

SOFISTA: Que conste. Y concedo la objeción.

Hume le entregó la tiza.

HUME: ¿Concede que no es una integral?

El Sofista miró la fórmula, luego borró con la palma un pequeño fragmento del signo integral y volvió a dibujarlo.

SOFISTA: Concedo que no es una integral matemática demostrativa. No calcula una magnitud ni prueba continuidad. Es una metáfora formal para una sola intuición: una trayectoria reflexiva no se agota en uno de sus cortes y permanece abierta mientras puedan incorporarse nuevos actos y reconocimientos.

Parménides se acercó a la pizarra.

PARMÉNIDES: Entonces la notación no demuestra nada.

El Sofista le entregó la tiza.

SOFISTA: Correcto.

Parménides no la tomó.

Hume, todavía de pie, cruzó los brazos.

HUME: ¿Para qué conservarla?

El Sofista volvió a señalar los límites a y b.

SOFISTA: Porque muestra visualmente dos cosas sin pretender medirlas: acumulación y límites. a no es una fecha universal del ser; representa el comienzo pertinente de la trayectoria reflexiva. b permanece abierto mientras el agente puede seguir actuando y reconociéndose. La metáfora falla si se la toma por cálculo; sirve si se la mantiene como diagrama.

Hume observó la pizarra un momento más. Después regresó a la magistratura y volvió a alinear el mazo con el borde de la mesa.

HUME: Entonces la Curia admite la imagen, no el teorema.

El Sofista dejó la tiza en la bandeja.

SOFISTA: Me basta.

Parménides ocupó ahora el lugar frente a la pizarra que Hume acababa de abandonar.

PARMÉNIDES: Aún tengo una objeción. Si no puede integrar magnitudes comunes, ¿por qué hablar de acumulación y no simplemente de secuencia?

El Sofista señaló el esquema recursivo que el secretario había dejado en autos.

SOFISTA: Porque el reconocimiento no sólo sucede después: modifica la identidad desde la cual ocurre el siguiente acto. No es una fila de cuentas idénticas; es recursividad.

Parménides tomó el papel del esquema, lo comparó con la pizarra y lo dejó junto a ella.

PARMÉNIDES: Eso ya estaba aquí. La integral añade representación, no fundamento.

El Sofista asintió.

SOFISTA: Concedido.

Hume apoyó la espalda en la silla.

HUME: Ahora sí se ha ganado el derecho a dejarla en la pizarra.

Don Quijote siguió mirando la integral.

DON QUIJOTE: Sigo prefiriendo los encantadores.


Noveno incidente: muerte, cierre y los dos expedientes

Parménides se acercó a la mesa del secretario y abrió el primero de los dos expedientes de Arendt. Pasó varias hojas hasta encontrar el cierre narrativo.

PARMÉNIDES: Llegamos al punto incómodo. El acusado muere y al final se reconoce como Alonso Quijano. Si la trayectoria reflexiva culmina negando a Don Quijote, ¿no prueba el propio cierre que Don Quijote era error?

Don Quijote se irguió al escuchar «error».

El Sofista no respondió a Parménides. Miró a Don Quijote.

SOFISTA: ¿Negar una determinación presente convierte en no-sida una determinación pasada?

Parménides cerró el expediente.

PARMÉNIDES: No.

SOFISTA: Entonces no.

Parménides volvió a abrirlo inmediatamente.

PARMÉNIDES: Demasiado rápido. Puede no volverla no-sida y, sin embargo, reinterpretarla como falsa identidad.

Arendt bajó del jurado antes de que el Sofista respondiera.

ARENDT: Ahí vuelven mis dos expedientes.

Tomó el primero de manos de Parménides y el segundo de la mesa.

Los colocó uno junto al otro frente a Hume.

ARENDT: En el primero, la trayectoria propia puede cerrarse con una última modificación: Alonso Quijano puede reconocer de otra manera aquello que fue. En el segundo, los otros seguirán interpretando después de su muerte. Pero ninguna de esas operaciones puede producir una nueva acción del agente ya muerto.

Hume puso una mano sobre cada expediente, replicando sin querer la postura que Arendt había usado antes.

HUME: Distinga «cierre» de «verdad final».

Arendt asintió.

ARENDT: Exactamente. La muerte cierra la posibilidad de nuevas acciones propias; no garantiza que la última autointerpretación sea metafísicamente omnisciente. Tampoco autoriza a los sobrevivientes a reescribir causalmente lo ocurrido.

El Sofista señaló la b de la pizarra desde su mesa.

SOFISTA: Por eso digo que la muerte cierra la integral: fija el límite superior de la trayectoria reflexiva. No decide mágicamente quién fue.

Parménides tomó el segundo expediente.

PARMÉNIDES: Y el expediente de los otros sigue abierto.

Arendt se lo dejó en las manos.

ARENDT: Sí. La proyección pública puede seguir cambiando. Pero eso ya no es una nueva autodeterminación del muerto.

Don Quijote levantó una mano.

Hume vio la mano y, por primera vez, pareció temer la pregunta.

DON QUIJOTE: ¿Debo entender que estoy muerto?

HUME: Narrativamente, sí.

Don Quijote miró sus propias manos, luego la armadura, después al público.

DON QUIJOTE: ¿Y compareciendo?

Hume miró la pizarra, los dos expedientes, las tarjetas, el pan intacto y finalmente a Don Quijote.

HUME: Ése es, desgraciadamente, el asunto que llevamos todo el día intentando resolver.

Desde la puerta, Sancho asomó sólo la cabeza.

SANCHO: Yo dije desde el principio que estaba aquí.

Hume ni siquiera volteó.

HUME: Señor Panza, su epistemología conserva una eficacia procesal irritante.

Sancho desapareció otra vez.

Don Quijote tomó finalmente el pan y le dio un mordisco.


Décimo incidente: Parménides reconstruye la acusación

Hume ordenó retirar la pizarra.

El Sofista hizo ademán de protestar.

Hume levantó una ceja.

El Sofista mismo empezó a borrarla.

Parménides regresó al centro de la sala. Esta vez no llevaba tarjetas ni expedientes. Arendt volvió al jurado. Hume recogió todos los papeles dispersos y los apiló. La sala recuperó por unos minutos la geometría institucional del comienzo.

HUME: Fiscal, vuelva al cargo original. Pero esta vez no quiero que la defensa pueda limitarse a esperar que usted tropiece.

Parménides miró al Sofista. Luego a Don Quijote. Después al juez.

PARMÉNIDES: Entonces formularé el caso más fuerte.

El Sofista dejó el paño con que borraba la pizarra y regresó lentamente a su sitio.

PARMÉNIDES: La defensa ha mostrado que dentro de una ficción existe disciplina predicativa: no todo puede decirse verdaderamente de Don Quijote; hay continuidad narrativa; hay relaciones entre actos, nombres y reconocimientos. Concedo todo eso.

El Sofista dejó de sonreír.

Parménides lo vio y continuó.

PARMÉNIDES: Pero ninguna de esas concesiones obliga a pasar de ser-en-el-relato a ser sin calificación. Quizá «Don Quijote es» sea una abreviatura contextual de «en la obra se predica Don Quijote», y nada más. Si la defensa elimina la calificación, corre el riesgo de convertir una regla semántica local en tesis ontológica universal.

Hume apoyó los codos sobre la mesa. Ya no tocó el mazo.

HUME: Mejor.

Parménides caminó hacia la mesa donde seguían las tarjetas y tomó la palabra «ficción».

PARMÉNIDES: Segunda objeción. La defensa invoca univocidad del ser para impedir que «materialmente actual» monopolice la cópula. Pero si la cópula se aplica unívocamente sin criterio adicional, entonces dragones, contradicciones, posibilidades incompatibles y meros errores reclamarán asiento.

Dejó la tarjeta «ficción» en el lugar que había ocupado la silla de Diógenes.

PARMÉNIDES: Decir que después añadiremos predicados no responde todavía qué autoriza el primer «es».

El Sofista no se movió.

SOFISTA: Concedo que es una carga real.

Parménides se detuvo frente a él.

PARMÉNIDES: Tercera. La doble mediación puede organizar coherentemente una trayectoria una vez admitido un ser determinado, pero no puede utilizarse circularmente para producir el ser que necesita como condición. sum presupone que algo queda determinado; ego presupone sum. Ninguno de los dos, por sí solo, demuestra que Don Quijote sea fuera de la estructura narrativa que lo sostiene.

Hume miró al Sofista.

HUME: Defensa, ahora sí tiene trabajo.

El Sofista miró su cuaderno. Seguía vacío.

Lo cerró.

SOFISTA: Sí.

El silencio fue más largo que los anteriores.

Don Quijote intentó inclinarse hacia el Sofista. Éste levantó una mano sin mirarlo, pidiéndole esperar.

SOFISTA: Responderé sólo a lo necesario. La Fiscalía tiene razón en que la doble mediación no puede servir como máquina para fabricar ser desde una premisa que ya lo presupone. Tampoco sostengo que cualquier referente inteligible sea. Mi defensa es más estrecha.

Parménides retrocedió un paso, concediéndole por primera vez el centro de la sala.

PARMÉNIDES: ¿Cuál es el criterio para el primer «es»?

El Sofista permaneció donde estaba. No aceptó el centro.

SOFISTA: En esta audiencia no pretendo agotar ese criterio universal. Pretendo impedir una negación concreta. Usted acusa a Don Quijote de usurpar el Ser porque es ficticio. Para condenarlo necesita mostrar que ficticio implica no-ser.

Parménides señaló el sitio vacío entre ambos.

PARMÉNIDES: Y usted pretende salvarlo refugiándose en la carga de la prueba.

El Sofista abrió las manos hacia las paredes, el estrado, los expedientes y el escudo dudoso de la Curia.

SOFISTA: Estamos en un tribunal.

Hume miró alrededor como si acabara de comprobarlo.

HUME: Por una vez, la profesión del defensor constituye argumento procesal válido.

SOFISTA: Si usted sostiene: «Don Quijote no posee existencia material como un hombre vivo de carne y hueso», concedo. Si añade: «por tanto, Don Quijote no es», aparece una premisa adicional.

Parménides recogió la tarjeta «ficción».

PARMÉNIDES: Que sólo es aquello que posee existencia independiente de la ficción que lo representa.

Hume tomó por fin el mazo, pero siguió sin golpear.

HUME: ¿Ha demostrado esa premisa?

Parménides miró la tarjeta. Luego a Don Quijote, que seguía comiendo el pan de Sancho con toda la materialidad procesal que una ficción podía permitirse.

PARMÉNIDES: He mostrado que la defensa no ha demostrado su negación.

Hume dejó el mazo.

HUME: Eso no es lo mismo.

Parménides permaneció en silencio.

El Sofista esperó. No llenó el silencio por él.

Finalmente habló.

SOFISTA: Y aquí aparece la diferencia entre decir y sostener. Puede decir esa premisa. Para condenar, debe sostenerla.

Parménides levantó la vista.

PARMÉNIDES: Entonces su absolución no prueba «Don Quijote es».

El Sofista asintió.

SOFISTA: Prueba menos: que usted no ha probado «Don Quijote no es» a partir de «Don Quijote es ficticio».

Hume tomó una hoja limpia y la colocó encima de todos los expedientes.

HUME: Eso sí puede llegar a sentencia.


Alegatos finales

Fiscalía

Parménides volvió al centro. Esta vez caminó más despacio. El día había desplazado algunas mesas, dos carpetas ajenas seguían abiertas, la pizarra estaba mal borrada y en el suelo quedaba una migaja del pan de Sancho.

Parménides miró todo aquello antes de hablar, como si el desorden de la sala fuera también una objeción.

PARMÉNIDES: No confundan mi falta de una premisa demostrada en esta audiencia con una derrota del principio eleata. La defensa ha ganado terreno metodológico, no una ontología completa. Poder predicar, organizar una trayectoria, distinguir actos propios y proyección ajena o utilizar una metáfora de integral no basta para conferir ser sin respecto.

Se volvió hacia Arendt.

PARMÉNIDES: Mi advertencia permanece: si la Curia pronuncia «Don Quijote es» sin aclarar cómo, puede abrir una puerta por la que después entren entidades cuya diferencia respecto del no-ser haya sido reemplazada por mera facilidad lingüística.

Se sentó por primera vez en toda la audiencia.

El secretario lo notó y, sin saber por qué, lo anotó.

Defensa

El Sofista no se levantó.

Tampoco abrió el cuaderno.

Hume esperó unos segundos.

HUME: ¿No piensa alegar?

SOFISTA: Ya alegó el fiscal por mí.

Parménides, sentado, cerró los ojos.

PARMÉNIDES: Objeción.

El Sofista se inclinó apenas hacia él.

SOFISTA: Acaba de reconocer que su caso necesita algo más que la palabra «ficticio». Ha reconocido que la doble mediación no prueba por sí sola el ser del acusado, que la integral no es teorema y que la univocidad requiere predicados adicionales. Yo concedo todo eso. Pero el cargo era usurpación del Ser por ficción. Para ese cargo sigue faltando el puente.

Parménides abrió los ojos.

PARMÉNIDES: Eso no demuestra su modo de ser.

SOFISTA: Nunca pedí que lo hiciera.

PARMÉNIDES: Entonces su conclusión es incompleta.

El Sofista miró por primera vez su cuaderno vacío, como si verificara que no había intentado escribir el universo entero en él.

SOFISTA: Toda conclusión que no pretende decirlo todo es incompleta. Eso no la vuelve falsa.

Hume levantó una mano.

HUME: Basta. Jurado.


Consideración del jurado

Arendt no pidió retirarse.

En lugar de eso bajó nuevamente, recogió los dos expedientes que había abierto y los llevó consigo hasta el centro de la sala.

HUME: Señora Arendt, normalmente el jurado delibera en privado.

Arendt miró la única silla disponible en el espacio del jurado.

ARENDT: Normalmente el jurado tiene más de una persona.

Hume consultó el reglamento. Encontró una página en blanco donde esperaba una regla.

HUME: Punto concedido.

Arendt sostuvo una carpeta en cada mano.

ARENDT: No considero demostrada una ontología completa. Tampoco considero refutada la advertencia del fiscal sobre inflación ontológica. Pero la audiencia sí ha logrado separar cosas que al principio estaban amontonadas.

Dejó una carpeta a su izquierda y otra a su derecha.

ARENDT: Una cosa es la determinación que permite atribuir; otra, el reconocimiento reflexivo.

Tocó la primera carpeta.

ARENDT: Una cosa es la trayectoria propia de actos reconocidos;

Tocó la segunda.

ARENDT: otra, la proyección de esa trayectoria entre otros.

Miró a Don Quijote.

ARENDT: Una cosa es que la muerte cierre la posibilidad de nuevas acciones del agente; otra, que los demás continúen interpretándolo.

Tomó la tarjeta «ficción» de la mesa y la sostuvo entre ambas carpetas.

ARENDT: Y una cosa es llamar «ficticio» a un modo de comparecer; otra, usar ese predicado como autorización automática para decir «no es».

Dejó la tarjeta en medio, sin incorporarla a ninguno de los dos expedientes.

ARENDT: La Fiscalía tenía que demostrar ese último tránsito. No lo hizo.

Hume miró el espacio vacío del jurado y luego a Arendt en mitad de la sala.

HUME: ¿Veredicto?

Arendt cerró ambas carpetas al mismo tiempo.

ARENDT: No culpable del cargo formulado.

Don Quijote inspiró para hablar.

Hume levantó un dedo sin mirarlo.

Don Quijote volvió a cerrar la boca.


Sentencia

Hume ordenó ponerse de pie.

Esta vez nadie tardó. Incluso Nietzsche bajó de la mesa.

Parménides se levantó lentamente. Arendt regresó al jurado con los dos expedientes bajo el brazo. El Sofista permaneció un segundo más sentado y se puso de pie sólo cuando Hume lo miró directamente.

Hume no leyó de inmediato.

Primero alineó el expediente principal, el reglamento y la hoja limpia donde había anotado la conclusión mínima. Después colocó el mazo exactamente paralelo al borde.

La sala había vuelto a parecer institucional, salvo por las tarjetas, la migaja, la pizarra mal borrada y el hecho de que nadie supiera dónde estaba Diógenes.

HUME: La defensa no ha demostrado que todo objeto de pensamiento sea. No ha demostrado que imaginar produzca ser. No ha demostrado identidad entre existencia material, existencia narrativa, referencia, representación y ser. Tampoco ha demostrado que la metáfora de la integral sea matemática, porque no lo es.

El Sofista abrió la boca.

Hume ni siquiera levantó la vista.

HUME: Y antes de que celebre: tampoco ha demostrado todo lo que cree haber demostrado.

El Sofista la cerró.

Hume pasó una hoja.

HUME: La Fiscalía, por su parte, formuló una carga concreta: mostrar que de «Don Quijote es ficticio» se sigue «Don Quijote no es». Su mejor reconstrucción exigió una premisa adicional acerca de qué modos de existencia autorizan el predicado «es». Esa premisa no fue demostrada en autos.

Miró a Parménides.

Parménides no bajó la vista.

HUME: Queda expresamente sin resolver otra cuestión: qué autoriza el primer «es». La objeción de la Fiscalía sobre inflación ontológica permanece viva en autos y esta absolución no debe interpretarse como respuesta a ella.

Parménides asintió una sola vez.

HUME: La Curia tampoco acepta que el regreso final de Alonso Quijano vuelva no-sido a Don Quijote. Una determinación posterior puede reinterpretar una trayectoria; no puede convertir retrospectivamente lo que fue en lo que no fue sin introducir precisamente el no-ser que la Fiscalía vino a vigilar.

Después miró a la defensa.

El Sofista ya no sonreía.

HUME: En cuanto al sistema de doble mediación expuesto durante la audiencia, esta Curia no lo declara verdadero, necesario ni exhaustivo. Declara algo más modesto: sus distinciones han sobrevivido provisionalmente a las objeciones necesarias para resolver este cargo, y varias de ellas han quedado limitadas por concesiones que deberán conservarse si vuelven a comparecer.

Tomó el mazo.

Don Quijote enderezó la espalda.

Sancho volvió a asomar la cabeza por la puerta.

Parménides cruzó las manos detrás de la espalda otra vez.

Arendt sostuvo cerrados los dos expedientes.

El Sofista miró el mazo, no al juez.

HUME: Por tanto, respecto del cargo de usurpación del Ser, Don Quijote de la Mancha queda absuelto por falta de puente inferencial suficiente.

Golpeó.

Don Quijote cerró los ojos un instante, como si acabara de escuchar una proclamación real.

HUME: Y la proposición que esta Curia sí puede sostener hoy es:

La condición de ficticio no equivale, por sí sola, al no-ser.

Parménides permaneció inmóvil.

Don Quijote llevó la mano al pecho y avanzó un paso.

DON QUIJOTE: Agradezco a esta alta corte haber reconocido finalmente—

Hume levantó el mazo apenas unos centímetros.

HUME: No he reconocido que sea caballero.

Don Quijote se detuvo. Miró a Parménides. Miró al juez. Miró el lugar donde debería estar su espada.

Finalmente hizo una reverencia.

DON QUIJOTE: Toda justicia tiene sus límites.

Desde la puerta:

SANCHO: Y sus horarios, espero.

Hume cerró el expediente.

El público empezó a moverse. Aristóteles reunió sus rollos. Nietzsche volvió a sentarse sobre la mesa ahora que ya no debía hacerlo. El secretario comenzó a recoger las tarjetas.

El Sofista permaneció de pie.

Hume lo vio.

SOFISTA: Su Señoría, una última cuestión procesal.

Hume cerró los ojos.

HUME: No.

El Sofista caminó hasta el centro de la sala, al lugar que había evitado ocupar durante el alegato final.

SOFISTA: Aún no la he formulado.

Hume abrió los ojos.

HUME: Precisamente.

El Sofista miró el escudo detrás de la magistratura. Luego las paredes. Después el reglamento.

No miró a Don Quijote.

SOFISTA: ¿Quién otorgó jurisdicción a la Curia Predicati para decidir sobre el Ser?

Nadie se movió.

El secretario dejó caer una tarjeta.

Hume miró a Parménides.

Parménides miró a Arendt.

Arendt miró los dos expedientes, luego el escudo y finalmente el reglamento.

El secretario abrió la primera página del reglamento. Pasó a la última. Volvió a la primera. Después lo puso boca abajo, como si la respuesta pudiera aparecer en la cubierta.

Desde algún lugar del pasillo se oyó una carcajada.

No era posible saber si pertenecía a Diógenes, a Sancho o a alguien que jamás había sido citado.

Hume tomó el mazo con ambas manos.

HUME: Se levanta la sesión.

Golpeó con suficiente fuerza para torcer por fin la alineación perfecta que había conservado durante todo el día.

Hume miró el mazo torcido.

No lo corrigió.

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Diálogos Eleatas, año 1, núm. 1, septiembre de 2026, es una publicación semestral editada por Centro Multidisciplinario Meriadock Formación y Asesoría, A.C., Acelgas núm. 30, Col. Malpais, C.P. 38400, Valle de Santiago, Guanajuato, México. Teléfono: 456 138 8287.

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Responsable de la última actualización de este número: Miguel Hilario Olvera Aguilar, Centro Multidisciplinario Meriadock Formación y Asesoría, A.C., Acelgas núm. 30, Col. Malpais, C.P. 38400, Valle de Santiago, Guanajuato, México.

Fecha de última modificación: 10 de septiembre de 2026.